miércoles, 31 de agosto de 2011

El vagón anónimo

Como cada día voy camino al trabajo, mi mirada se cruza con cientos de miradas anónimas, indiferentes, insignificantes para mi.
Subo al vagón de un tren cualquiera, de una estación cualquiera en una ciudad cualquiera.
Los rostros del  resto de pasajeros me resultan tan sórdidos, aburridos e inexpresivos, que no tengo mas remedio que detenerme por un momento en mis cavilaciones y pensamientos, y entender esas miradas tan perdidas como olvidadas en el tiempo, y sorprendentemente descubro, aunque no gratamente, que todos esos rostros podrían ser uno solo, un rostro vacío, triste, sin esperanza alguna por llegar a ninguna parte, es en realidad, la mirada impaciente del que espera su destino en la vida, pero sin rumbo fijo, solo esperando.
Llego a mi parada y sigo mi camino al trabajo, dejando tras de mi, todos esos rostros anónimos, con miradas anónimas, continuando su viaje y anhelando entender, sin detenerse a mirar a su alrededor, y poder descubrir el mundo de posibilidades y oportunidades que tienen ante sus ojos inertes.